Se estrena como novelista con un proyecto denso que madura en pleno Siglo de Oro español, una historia con unas profundas raíces desde las que la abogada Sandra Aza (Madrid, 1972) impulsa Libelo de sangre (Planeta). La apuesta parece seria, tanto que su autora dejó de lado su carrera judicial para probar fortuna en un mundo que en el que acaba de hacer realidad un viejo sueño: ser escritora.

¿Qué siente en estos momentos?

[silencio] Me siento a dos metros sobre el suelo, levitando de alegría… Quiero saborear al máximo la primera vez; sentirme escritora.

Para ser su primera vez no se ha andado por las ramas…

Empecé a escribir sin saber adónde quería llegar. Poquito a poco me metí en una madeja que se hizo enorme. Al final me di cuenta de que sólo podía ir hacia delante e hilvané este ovillo de ochocientas y pico páginas. 

¿Viene para quedarse en el género histórico?

Soy lectora de novela histórica hace muchos años. Es el género que me gusta y con esta aventura busco, desde la modestia, hacer soñar a los lectores como otros escritores me han hecho soñar a mí. Es un espacio en el que me siento bien y que me transporta a otras vidas… Volar a través del tiempo me parece mágico porque puedo visitar lugares que son diferentes a los que me encuentro en mi día a día… Lo de quedarme [ganadora del Premio Odilo a la mejor autora en la XXII Semana de Novela Histórica de Cartagena] lo iremos viendo con el paso del tiempo, pero aquí estoy cómoda.

¿Eso es un sí?

Tiene toda la pinta [ríe]…

¿Una apuesta arriesgada en un país donde este tipo de literatura tiene mucho peso?

A un lector de novela histórica es muy difícil darle gato por liebre. Es una persona muy culta al que no puedes engañar tan fácilmente porque sabe de Historia. Su olfato es infinito y tiene una habilidad indestructible cuando busca posibles gazapos… Su intención es viajar a otra época a través de un libro y, por lo tanto, un error de cálculo puede ser definitivo.

¿Eso duele?

Un poquito, ja, ja, ja. Si estás leyendo una trama del siglo XIII y te cuentan que hay una distancia de tres kilómetros entre una ciudad y otra lo normal es que te rille… Sobre todo, porque en ese periodo los kilómetros como que no… Tampoco suena correcto que te llamen sádico antes del siglo XIV porque el Marqués de Sade es un personaje posterior. 

Ahí es cuando aparece la habilidad de una escritora para saber desde dónde quiere impulsar su historia, ¿no?

Madrid es un protagonista más en Libelo de sangre, es el escenario en el que crecen todas las claves de esta historia. Éste es mi pequeño regalo a una ciudad que adoro y llevo en el corazón. ¡Amo el lugar en el que nací y crecí! El Madrid que he retratado en estas páginas es efervescente, sórdido, vibrante… Un espacio muy oscuro pero, a su vez, brillante. Algunos de los vecinos más reconocidos de aquel Madrid eran Góngora, Lope de Vega, Quevedo, Velázquez… Es que estaban todos. ¡Vaya tropa!

Dicen que la primera novela habita en la cabeza de su autor muchos años…

Eso es cierto. Yo no lo sabía, pero lo que me acaba de contar es cierto. Lo ha clavado. Igual suena un poco frívolo, pero yo he sentido que estaba embarazada de esta historia. El proceso ha sido largo, tan complicado como la gestación de un elefante, y la satisfacción de llegar con vida al final es reconfortante. La historia estaba dentro de mí, yo sólo la he tenido que sacar en el momento adecuado… Sabía que estaba ahí y lo dejé todo por contarla.

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Lo que sí entendí hace mucho tiempo es que no podía tener un pie en el mundo de las leyes y el otro en la escritura»

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Llegó a dejar, incluso, el mundo de la abogacía para alimentar ‘Libelo de sangre’.

Yo era muy feliz en mi trabajo [formaba parte del despacho de Uría Menéndez] y se me daba bien, pero sentía que tenía que dar un giro a mi vida para hacer realidad este libro. Disfrutaba mucho lo que hacía hasta que me di cuenta que esta historia quería salir. Cuando te dedicas al mundo jurídico a gran nivel es imposible compaginar la abogacía y la literatura. Yo no lo sabía, pero escribir te exige mucho tiempo. Si lo llego a saber me apunto a un curso de tricotar [sonríe]. Lo que sí entendí hace mucho tiempo es que no podía tener un pie en el mundo de las leyes y el otro en la escritura. Esa fue la razón por la que di el salto…

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Todo se estalla en las primeras fechas del mes de febrero de 1621, cuando una chica es violada hasta casi la muerte y un muchacho al que acaban estirpando el corazón siembra el pánico en Madrid»

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La historia es cíclica y se repiten los errores de manera encadenada. En esta novela, por ejemplo, también hay una manada.

Ese tipo de cosas ocurrían, no me las he inventado yo… Una mujer caminando sola y de noche en el Madrid del siglo XVII era un suicidio. Con tantos personajes siniestros rondando sus calles [veteranos de Flandes desmovilizados] las posibilidades de que te pasara algo malo eran altas: caminar en medio de esa oscuridad era un acto temerario.

¿Cómo es la novela?

Todo se estalla en las primeras fechas del mes de febrero de 1621, cuando una chica es violada hasta casi la muerte y un muchacho al que acaban estirpando el corazón siembra el pánico en Madrid. Como en todos los mentideros de la ciudad sólo se habla de esto no tarda demasiado tiempo en darse un libelo de sangre contra Sebastián Castro, que es un reputado escribano de la Villa, y Margarita Carvajal, su esposa. El hijo mayor de éstos, Alonso Castro, logra escapar de la Inquisición y se embarca en una cruzada para defender el honor de sus padres. Esto lo obliga a descender al Madrid más sórdido y peligroso. En esta complicada misión va a contar con la colaboración de Juan y Antonio, dos pícaros indigentes que sí están acostumbrados a moverse por los bajos fondos y, sobre todo, le ayudan a sobrevivir.

¿Sobrevivir en una época en la que la religión lo es todo?

En medio de una escenografía tan vasta y repleta de peligros la religión es el pegamento que mantiene unida a las personas a través de la fe. Algo que la mayoría de las veces se consigue a través del sometimiento y una generosa dosis de violencia social. 

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