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‘Las hermanas Jacobs’, de Benjamin Black: dos a investigar

Un nuevo caso de Garret Quirke, el patólogo y singular detective creado por Benjamin Black, seudónimo de John Banville para sus novelas policiacas. Crítica de Rodrigo Fresán

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El escritor irlandés John Banville (Benjamin Black) fotografiado en su reciente visita a España ERNESTO AGUDO
 

En lo personal, los mejores policiales son aquellos cuyo caso por resolver pasa más por el investigador que por lo que se investiga. Así, cada crimen y cada culpable y cada inocente no acaban siendo más que las pistas que conducen al misterio nunca del todo resuelto de por qué alguien se pone a resolver problemas ajenos con la muy endeble coartada de que cobra por hacerlo cuando sabemos que lo haría gratis.

Y la respuesta es tan transparente como perturbadora: porque sabe que jamás podrá resolverse del todo a sí mismo. En este sentido, Garret Quirke es un caso que se niega a ser cerrado aún luego de ocho novelas.

NOVELA

‘Las hermanas Jacobs’

Imagen - 'Las hermanas Jacobs'

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Autor Benjamin Black (John Banville) 

Editorial Alfaguara 

Año 2023 

Páginas 325 

Precio 20,90 euros

 

Creación de Benjamin Black (a su vez creación de John Banville, acaso uno de los mejores escritores en actividad y quien no hace mucho publicó esa cumbre de lo suyo que es ‘Las singularidades’), el patólogo pateando y siendo pateado por las calles y callejones de un siniestro Dublín en los años ’50 casi nos engaña en ‘Quirke en San Sebastián’, donde parecía haber alcanzado toda la felicidad que jamás sería capaz de alcanzar por la inesperada vía del matrimonio con una psicóloga a la que había conocido en Las sombras de Quirke. Pero falsa alarma o auténtica tristeza, y hacia el final de esa novela todo volvía a estar como solía y, se supone, debe estar: mal y con Quirke una vez más listo para lanzarse barranca abajo y en caída libre.

Y se veía venir y ya llegó luego de roces y arrimes y desavenencias en entregas anteriores: el detective inspector St. John Strafford (a quien ya se conocía como protagónico de ‘Pecado’ y ‘Las invitadas secretas’) aquí se une a Quirke para investigar algo con tentaculares y profundas conexiones y así distraerse un poco de sí mismos pero nunca consiguiéndolo del todo.

La muerte supuestamente por suicidio de Rosa Jacobs —’scholar’ e historiadora del Trinity College—, enseguida no parece ser lo que era

 

Porque, insisto, una vez más (reincidiendo también en el atractivo/distracción de contar y ser contado con una de las prosas más magníficas del aquí y ahora deslumbrando en la descripción de ambientes o de conductas) es la naturaleza del sabueso mordiéndose la propia cola y siguiendo su personal rastro lo que aquí se impone.

Y, claro, con el beneficio por partida doble y con Black/Banville jugando al siempre resultón y estimulante juego de los opuestos complementarios. Así, Strafford es un más que funcional funcionario sistemático en sus sobrios razonamientos mientras que Quirke, ya lo sabemos, es un disfuncional más que eficiente cuya capacidad deductiva parece estar estrechamente ligada al vaciado de botellas tristes en pubs melancólicos. Ya se lo había dicho su difunta esposa: Quirke adora estar mal y esa es su forma de felicidad.

Entonces, la muerte supuestamente por suicidio de Rosa Jacobs —’scholar’ e historiadora del Trinity College de carácter demasiado vivaz y polémico para esa ciudad en esos tiempos y, además, judía y en un ambiente opresivamente católico donde no cae nada bien eso de estar a favor de métodos anticonceptivos y derecho al aborto—, enseguida no parece ser lo que era. Y resulta en una de las tramas más complicadas en los archivos de Quirke & Strafford, de pronto fundidos en eso que siempre, sí, funciona muy bien: una suerte de pareja dispareja de hecho que no se soporta pero se necesita (con Quirke, además, más que casi responsabilizando a Strafford por la trágica muerte del amor de su vida) y que, sí, no puede dejar de investigarse mientras investiga.

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Final abierto

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Así, conexiones con la todavía muy presente Segunda Guerra Mundial, monjes siniestros, la ruinosa Alemania, armas nucleares, el flamante estado de Israel, nazis en fuga, otro de esos grandes personajes femeninos marca de la casa (Molly, hermana de la muerta e inquieta periodista que llega desde Londres para averiguar qué pasó y que, tal vez, parece haber llegado para quedarse) y, por supuesto, la formidable hija de Quirke: Phoebe, con quien, por fin, todo parecía ir bastante bien pero enseguida todo vuelve a complicarse cortesía de Strafford quien, además de haber sido recientemente abandonado por su esposa, es protestante. Y, por supuesto, aquí viene el inspector jefe Hackett a quien no se le permite paladear las mieles de su inminente retiro y ahí siguen (también marca de la casa) las sombras siempre sombrías de la jerarquía eclesiástica local. 

Para terminar, ‘Las hermanas Jacobs’ ofrece un final más abierto que de costumbre y que no hace otra cosa que confirmar lo que, felizmente, ya sospechábamos: todavía no conocemos del todo a Quirke & Strafford ni sabemos por qué hicieron lo que seguirán haciendo.

Y ellos tampoco.

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