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‘El problema final’, de Arturo Pérez-Reverte: homenaje a las clásicas novelas policiacas

La última novela del académico es un monumento admirativo, con briznas de parodia, a las entretenidas obras de Conan Doyle y Agatha Christie

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Arturo Pérez Reverte

 
Jose María de Loma

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Arturo Pérez-Reverte cambia de nuevo de registro. Tras Revolución, una inmersión en el México de Pancho Villa y El italiano, ambientada en los años cuarenta durante la Segunda Guerra Mundial, cuando buzos de combate italianos hundieron o dañaron barcos aliados en la bahía de Gibraltar, nos ofrece una novela, hay que decirlo pronto, deliciosa e inteligente. Entretenidísima. Un homenaje, un manifiesto en sí misma, a favor de las novelas policiacas de toda la vida. Esas novelas en las que lector y escritor mantienen un duelo de inteligencias. Novelas alejadas de la moda, que ya dura décadas, de esas estilo nórdico noir. Esas de inspectora o inspector atormentado, pasado de vuelta, que se enfrenta a asesinos de monstruosos crímenes. Esas en las que a veces el autor hace trampas y en las que no falta la sordidez.

Pero no: El problema final es un monumento admirativo, con alguna brizna de parodia, hacia las aventuras de Sherlock Holmes salidas de la mente de Conan Doyle. Hacia las novelas de Ágatha Christie también. Y de tantos otros. Y se inscribe, por duplicado o triplicado, en esos misterios que en literatura detectivesca se denominan caso de habitación cerrada. O sea, encuentran un cadáver y de lo que se trata es de deducir cómo diablos alguien pudo entrar, matar y salir. Un problema de lógica, de ingenio.

En esta historia hay frecuentes alusiones al cine y a las novelas de Doyle y se citan abundantes nombres reales del cine, el arte, la sociedad y la literatura. Y aunque el conjunto pueda parecer a primera vista ligero, es en realidad un libro con enjundia, con varios niveles de lectura y con una potente historia, revisitada: la de gente que se ve atrapada contra su voluntad en un sitio, gente muy diferente, que ve cómo comienzan a sucederse crímenes. Todos son sospechosos. Diez negritos, sí. Todo narrado con elegancia, con diálogos sutiles, envolventes.

 

El lector quiere más y Pérez-Reverte se lo va dando. El lector deduce y el escritor guía o desorienta. Lo previsible no aparece. Un lector que se encuentra con lo siguiente: en el inicio del verano de 1960 un temporal mantiene aisladas en una islita cercana a Corfú, a nueve huéspedes del único hotel de la zona. En medio de la calma chicha, de alegres desayunos, plácidas tertulias, paseos y cierta sofisticación, lujo y elegante aburrimiento, Edith Mander, una inglesa que se aloja acompañada de una amiga, aparece muerta en un cubículo de la playa que se usa de vestuario o trastero de enseres playeros.

Nada es lo que parece y sacar conclusiones de lo que se ve no es fácil salvo para algunos

Apunta todo, claro, a un suicidio pero Hopalong Basil, otro de los huéspedes, un actor sesentón en decadencia (trasunto de Basil Rathbone) célebre en todo el mundo por interpretar decenas de veces a Sherlock Holmes en el cine, comienza una investigación impelido por su olfato detectivesco adquirido en la interpretación. Impelido también por el resto de húespedes y ayudado por un peculiar Watson, que no es otro que un español apellidado Foxá que se sabe de memoria las aventuras de Sherlock Holmes, sus citas, frases, filosofía y métodos. Nada es lo que parece y sacar conclusiones de lo que se ve no es fácil salvo para algunos.

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‘El problema final’

Arturo Pérez-Reverte 

Alfaguara

328 páginas

21,90 euros 

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No haremos spoiler ni diremos cuántos cadáveres aparecen. En el catálogo de huéspedes y sospechosos, entre otros, hay dos camareros, la dueña del hotel, un alemán, un productor de cine, que es el que ha traído a Hopalong Basil a la isla tras una travesía en su yate, y una cantante de ópera que lo acompaña pero que pone ojitos a Basil, que ha sido amante de divas del cine, compañero de farras de gentes como Errol Flyn y exbebedor concienzudo. Fuma puritos.

El lector se identifica rápido con la tarea que se le asigna al protagonista. Y éste ve una suerte de papel crepuscular que puede devolverle la pulsión vital y el entusiasmo. 

No es una película, es la realidad. Pero los diálogos aprendidos del personaje que ha interpretado tanto tiempo le pueden valer. También sus métodos y deducciones. Y su forma de mirar. Y haber visto tantos crímenes aunque sea en la ficción.

Particularmente, elemental querido lector, resultan los diálogos entre Hopalong y Foxá, Holmes y Watson, plagados de erudición mundana. Foxá también es detective a su manera: se gana la vida en la España de los sesenta escribiendo novelitas de quiosco en las que con seudónimos traza misterios para el público lector poco exigente. Aquí está también ante un reto: asistir a un argumento mejor de los que él mismo pare en sus libros.

Un Foxá castizo y lleno de sorpresas, por cierto. O no. un misterio clásico y en toda regla. Bueno, más de uno.

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