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Dolores Redondo: «El mundillo literario puede ser peligroso para alguien ingenuo»

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Antonio Lucas · 28/09/2015

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En 2010 Dolores Redondo escribía en su casa de Cintruénigo (Navarra) sobre unos crímenes que sucedían en el Valle del Baztán y que investigaba una agente de la Policía ForalAmaia Salazar. Escribía con la pulsión del que sospecha que en las palabras se concreta el mundo de un modo mejor. Escribía con un entusiasmo desabrochado, en una soledad muy concurrida de hijos y marido, en un pueblo pequeño y con ese prurito reglamentario de ser una autora anónima. Aún se movía por ferias del libro domésticas, con más vocación que eco. Había publicado una novela, Los privilegios del ángel, y aún firmaba en portada con los dos apellidos. Era una licenciada en Derecho con un expediente de varios curros sucesivos y, entre ellos, un restaurante en Donosti. Una biografía normal.

Pero la vida de Dolores Redondo tenía la armonía violenta de quien desea mucho más y vadea folios porque ése es el único camino. Cinco años después, esta mujer de voz rápida ha despachado 700.000 ejemplares de su Trilogía del Baztán, formada por El guardián invisible, Legado en los huesos y Ofrenda a la tormenta (editorial Destino). Ha vendido los derechos para el cine a Peter Nadermann, productor de la saga Millenium de Stieg Larsson, y la película se rodará en el primer trimestre de 2016.

Es un fenómeno literario. Uno de esos tifones, cada vez más escasos en España, que llegan y generan alrededor una excitación de agentes, editores, distribuidores, comerciales, libreros y lectores. Entre todos contribuyen a descubrir y aupar al nuevo mirlo blanco. Y si uno se descuida, entre todos lo agotan hasta dejarlo más o menos en boxes tras la pequeña inundación de champán de los éxitos rápidos, solubles y casi fugitivos. Dolores Redondo se suma a la nómina de los que ya han pisado cumbres de ventas millonarias con libros inesperados: Carlos Ruiz Zafón, Ildefonso Falcones, María Dueñas… Pero ella no se abruma. No teme quedarse de nuevo en casa a solas, con la agenda quieta y el móvil mudo.

«Todo esto que me ha sucedido genera un cierto vértigo. Hace cinco años era una mujer con ganas de ser leída y ahora tengo una avalancha de compromisos que me impiden leer y casi escribir. Esa sensación de que todo el mundo quiera asomarse a mirar tu vida es extraña. Pero entiendo que cuando un autor gusta se quiere conocer más de él. Incluso se quiere saber todo. Aunque hay cosas que preservo absolutamente. Por ejemplo, no encontrarás en ningún lado foto de mi familia, de mi marido, de mis hijos… Vivo en el mismo pueblo en que vivía antes del éxito. Salgo con la misma cuadrilla de amigos. Aquí la gente me protege y me cuida. En ese sentido tengo una enorme fortuna con mis vecinos. Pero ahora lo que toca es escribir. Ya está bien de promoción. Hemos tenido que cortar porque de otro modo pasaría varios años presentando aún por medio mundo la Trilogía del Baztán. Ahora está saliendo en Colombia, en Argentina… En fin».

Tiene ramalazos de mujer fuerte que no se ha varado en la nostalgia ni en la bengala del éxito. Asume lo que sucede con la satisfacción del que sabe que un día dejará de ser así y la vida seguirá su galope. Pero hoy escribe con el estímulo de ser leída. Es consciente de que tiene entre manos un personaje de los que ganan enmiendas, Amaia Salazar. «Es una figura que concentra una enorme fuerza y una gran fragilidad. Eso es lo que más gustó a Nadermann, porque dice que se parece a Lisbeth Salander, la protagonista femenina de la trilogía de Larsson. Pero Amaia Salazar es, principalmente, un producto de su propia imaginería familiar. Y también de la actitud de esos vascones primeros que levantaron una mitología propia, una suerte de religión llena de fantasía, de ritos propios, de códigos… Es una mujer del Baztán. Y eso marca un carácter. Algún día volveré a ella».

El matriarcado, esa suerte de autonomía familiar regida desde la tundra del ovario, también marcó la vida de esta escritora. El suyo fue un mundo de mujeres fuertes. De mujeres solas. De mujeres que no tienen demasiado tiempo para el placer y sus quebrantos.

De pronto Dolores Redondo habla de su infancia y algo en la conversación adquiere un tono inesperado.

Es una vasca de Pasajes (municipio pesquero cercano a San Sebastián). En su biografía, muchas muertes familiares de un solo golpe, mucha visita al cementerio, mucha liturgia de difunto. Y una niña espantada en medio de ese ambiente que adquirió en pocos años una entonación de luto. «La literatura me ha servido para entender mejor mi niñez. Pasajes era un lugar donde en los años 70 [ella nació en 1969] había mucho trabajo. Casi todos los hombres de mi familia se dedicaban a la pesca, de altura y de bajura. Algunos pasaban temporadas fuera de casa y eran las mujeres las que tenían que asumir todas las decisiones. Eso forjaba mucho. Y luego está aquello… La muerte tan constante… Me crié viendo a mucha gente destrozada a mi alrededor por la desaparición de los otros. Fue una infancia algo siniestra, dura, en un lugar espantoso lleno de camiones, de cajas de pescado, de estibadores y de peligros. A eso súmale la climatología, que era un peso más en el corazón… La literatura me reconcilió con la belleza».

– Fue una forma de asumir todo aquello.

– Sí. Y una forma de exorcismo. Recuerdo que a los 17 años leí Pequeño teatro, de Ana María Matute. Era una novela que ella escribió a la edad que tenía yo cuando cayó en mis manos. Aprendí muchas cosas en esas páginas. Por ejemplo, lo importante que es buscar en el interior. Es más útil saber cómo eres por dentro que saber cómo se compone una buena escena literaria en una cafetería de Boston.

– ¿Sobre su infancia y los recuerdos no se plantea escribir?

– Quiero hacerlo, pero no ahora. En mi primera novela hay algo de todo aquello, pero para entrar a fondo en aspectos que duelen es necesario tener una cierta serenidad y madurez. Y ser consciente de que si uno aborda el tema debe hacerlo sin censuras, desde una gran sinceridad. Creo que debo esperar para esa aventura. Además, hay gente de mi familia a la que podría hacer pasar un mal rato.

– ¿Cuáles son sus miedos de ahora?

– Todo lo que temo viene de mi infancia. No suelo temer lo que no ha ocurrido, sino que me aterroriza que se repita aquello que ya he vivido. Por ejemplo, que vuelva a morir tanta gente que quiero de una manera tan rápida e inesperada. Ya he pasado por eso, sé lo que se sufre y no me gustaría volver a vivirlo.

Dolores Redondo está escribiendo una nueva novela. No tiene nada que ver con la confesionalidad de la que estábamos hablando. No tiene nada que ver con nada, aunque tampoco da pistas. Se mantiene alejada del ruido de la calle. A una calculada distancia de seguridad respecto al mundo literario y su trampa para incautos (o cueva de chacales) que es la vida literaria. En esas latitudes no gustan los espontáneos. Y menos si tienen éxito. Y aún menos si el éxito también es internacional. La Trilogía del Baztán está ya en unos 30 países. Es más: el fenómeno comenzó antes en el extranjero que en España. «Me costó mucho encontrar agente y que alguien leyera el primero de los libros, pero una vez que Anna Soler-Pont (de la agencia Pontas) decidió representarme todo llegó deprisa. En la Feria de Frankfurt de 2011, antes de que fuera publicada en España, consiguió vender El guardián invisible a cinco editoriales extranjeras (Francia, Italia, Dinamarca, Alemania y Brasil). Así que la novela tenía muy buen arranque pero yo no podía decir nada. Además, era un disparate contarlo, nadie iba a creer que una autora sin libro publicado en su país de origen ya hubiese colocado su libro fuera. Todo era muy raro. Cuando la primera parte de la trilogía apareció en 2013 yo ya tenía vendidos los derechos a 10 editoriales internacionales y también los derechos para el cine».

Diríamos que todo lo que ha sucedido alrededor del éxito de Dolores Redondo tiene algo de extraordinario, más o menos como lo que ocurre dentro de sus novelas. Habla con una resuelta precisión de fechas sobre lo que ha sido su expedición triunfal. «Me ha pillado como mujer adulta y alejada de los centros de poder. A mi edad ya sé lo que importa en la vida. Alrededor del mundillo literario hay demasiado jaleo, demasiada fiesta, demasiadas cócteles y canapés. Puede ser peligroso para alguien ingenuo. Además, todo eso no le aporta nada a un escritor. Estar hasta las tres de la mañana con una copa en la mano no es mejor que escribir».

Desconoce la fórmula del éxito. Sólo sabe que lo tiene. No es poco. Tampoco teme que venga otro a suplantarla, como ella también hizo. El mercado de la literatura es caprichoso. Dolores Redondo acertó con la alquimia, pero hasta las vírgenes milagrosas pierden un día la pureza.

Lo suyo, dice, no es exactamente un best seller a la manera en que los apedreaba Norman Mailer. Diríamos que tiene unas gotas de novela negra, una punta de fantasía, un pellizco de enigma bien macerado y a rodar. Engancha sin exigir demasiado y tiene el don de rectificar a cada capítulo las sospechas del lector, algo que encela mucho.

Estas historias enclavijadas en el valle del Baztán llegan cruzadas de lamias (una suerte de hadas), sorgiñas (brujas), belagiles (mujeres oscuras y poderosas), el basajaun (un homínido gigante) y akelarres. Entre medias, cadáveres, sectas, niños, recuerdos… Ha generado fans extremos y curiosos escépticos, incluso sesiones de espiritismo para algunos turistas de la lectura y de los bosques. Acumula opiniones de todos los tamaños. Podría alcanzar el millón de ejemplares, que es una cifra que aplasta cualquier miocardio editorial.

Hasta el Baztán se recorre hoy al compás de la partitura de Dolores. Acumula siglos de umbría para esto. Que el éxito se vuelva a repetir no depende de la literatura. Sobre todo de la literatura.

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